Ficha artículo

MAXIMÍZATE

Referencia9788493840860
MAXIMÍZATE
FACEBOOK

Cubierta: Gemma Pagès y ERMENGOL

En este libro, BOB MANDEL identifica y describe el viaje que te llevará a convertirte en aquél en el que estás convirtiéndote: lo máximo de ti mismo. Su propósito es guiarte hacia una relación más sana contigo mismo y hacia una relación más amorosa con los demás. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de que valores tu propia vida y te sientas más inspirado para ser todo lo que puedes ser.
Nuestros niños, el futuro del mundo, están pidiendo ayuda a gritos. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros niños? Si queremos ayudar a nuestros hijos, tenemos que perdonar a nuestros padres; es así de simple. Aquello que no hemos resuelto con nuestros padres se lo vamos a transmitir a nuestros hijos.
¿Cuándo fue la última vez que abrazaste a tu hijo?


ÍNDICE
Prólogo
Agradecimientos
Camino 1: La ruta hacia la auto-aceptación
Camino 2: El sendero de la tolerancia
Camino 3: La vía de sanación de las viejas heridas
Camino 4: La ruta del apoyo extendido
Camino 5: Hacia una imagen positiva de uno mismo
Camino 6: La ruta hacia el reconocimiento
Camino 7: La búsqueda del espacio sagrado interior
Camino 8: El sendero de la luz en los otros
Camino 9: El ascenso a la humildad
Camino 10: La ruta hacia la libertad
Epílogo
Sobre mi trabajo
Finalmente. Abraza a tus hijos


Camino 1: La ruta hacia la auto-aceptación

La ruta hacia la auto-aceptación es un viaje desde ti hacia ti mismo. Te vas moviendo desde la auto-negación a través de la auto-compasión, pasando por el respeto a ti mismo hasta llegar a la auto-expresión. En este primer camino descubres el compromiso que tienes contigo mismo, y también aprendes a defenderte si fuera necesario. Así mismo, descubres la motivación para hacer grandes cambios. Cuando llegas al punto de la auto-aceptación, ya has alcanzado el punto de no retorno en tu vida.
Eres quien eres y seguirás siendo esa persona. Es posible que crezcas, mejores, te transformes y desarrolles ciertos aspectos de ti mismo, pero tú eres ése que está creciendo. Eres quien eres, no lo que haces ni lo que sientes ni siquiera lo que piensas. Tú eres el recipiente de toda tu experiencia y el espacio en el que todo sucede. Al aceptarte, le estás diciendo sí al espacio, estás reconociendo lo que contiene. Está bien ser tú mismo y experimentar lo que estás pasando. Por supuesto, no siempre te sientes feliz; quieres cambiar algunas cosas, quizás muchas cosas, pues la vida está lejos de ser perfecta. Luchas por ser mejor persona, por superar tus limitaciones y por desarrollar hábitos más saludables. No obstante, tú eres quien eres. Cuando estás molesto, estás molesto; cuando te sientes herido, te sientes herido, y cuando eres feliz, eres feliz. Está bien ser tú mismo: una persona con sentimientos. Es posible que comas demasiado, bebas demasiado, fumes, hables a espaldas de la gente, digas mentiras, grites a tus hijos o te pegues demasiado a otros coches cuando conduces. Está bien, tú no eres un ser humano perfecto; tienes tus problemas. Sin embargo, tú eres tú y nadie más que tú, y eres el único que puede hacer algo al respecto.

Acéptate: es tu vida y todo comienza y finaliza contigo

* * * * * * * * *

Carlos llegó a mí como una bocanada de aire fresco. Estaba participando en un curso intensivo avanzado que yo dirigía todos los veranos cerca de mi casa, en las colinas al Noroeste de Connecticut. A simple vista parecía ser un ganador: atractivo, con éxito, felizmente casado y con dos hijos. Podía iluminar una habitación con un simple reflejo de su sonrisa; siempre tenía un buen chiste debajo de la manga y su hombro siempre estaba disponible para todo aquél que lo necesitara.
El problema era que Carlos no podía aceptarse. En su mente nunca había sido lo suficientemente bueno para su padre, quien había fallecido ya hacía algunos años. Sentía que era una decepción para cualquiera que le amara. ¡Vaya trampa! Cuanto más le amabas, más caía su autoestima en picado, autoconvenciéndose de que realmente no sabías quien era realmente. Es más, cada vez que se sentía feliz, lo que ocurría a menudo, pensaba que no lo merecía. Solución: reprimirse. Cuando se presentaba y saludaba, decía que se sentía «más o menos», «OK», «ahí vamos», ocultando sus arrolladores sentimientos de felicidad, para que nadie se sintiera mal. A Carlos le resultaba muy duro disfrutar de su felicidad.
Como muchos de nosotros, Carlos parecía tener dos caras: la resplandeciente armadura de persona pública y la sombra oscura a la que temía y que ocultaba al mundo. La mitad de mi trabajo con él fue ayudarle a ver que su magnificencia era real, y que cuando la ocultaba el mundo parecía un lugar más oscuro; la otra mitad fue hacerle sentir que estaba bien no ser perfecto. En otras palabras, Carlos necesitaba aceptar la simple realidad.
Comencé a animarle para que aceptara su felicidad como algo que merecía. Trabajamos para ampliar su «techo de reconocimiento», es decir, que se permitiera recibir más amor de los demás, más del que había recibido de su padre. Cuando decía que cuanto más amor recibía de los demás más obligado se sentía con ellos, yo le pedía que viera la situación de otra manera: quizás la felicidad de amarle era suficiente recompensa y, tal vez, su resistencia a recibir ese amor podía resultar doloroso para los demás. Contestó que tendría que consultarlo con la almohada.
Al día siguiente lo animé a que compartiera más con el grupo de una manera más libre y plena. Cuando me respondió que no tenía nada importante que compartir le recordé que él era importante, y por lo tanto todo lo que sintiera era importante. También le dije que para compartir no tenía que tener grandes problemas que fueran importantes. Su felicidad era tan importante como la miseria de cualquier otro. —¿Quieres decir que no tengo que pretender ser maníaco-depresivo para pertenecer al grupo?, preguntó con cierta sorna. Sentí que ovacionaba a Carlos con todo mi corazón.
Su modelo era Phil Jackson, el célebre entrenador zen de baloncesto. Carlos admiraba la capacidad que este hombre tenía para mantener la calma bajo cualquier circunstancia. La imagen del entrenador limpiando tranquilamente sus gafas cuando quedaban sólo diez segundos en un partido empatado era algo que para Carlos tenía mucho valor. Cuando le sugerí que Michael Jordan podría ser un mejor modelo para él, me preguntó por qué, a lo que le contesté que Jackson era demasiado frío y reservado, mientras que Jordan era vehemente, deseoso, intenso, apasionado y comprometido. Además, añadí que estaba bien ser emotivo, explotar de vez en cuando: eso es ser humano.
—¿Quieres decir que debo perdonarme por no ser perfecto? ¡Menudo concepto!
Durante los diez días del taller, Carlos se abrió y comenzó a aceptarse cada vez más. El grupo bromeaba con él diciéndole que era un desastre, un inseguro y un fracasado. El suyo fue un camino que iba de tratar de ser perfecto a aceptar su imperfección. Como director de novelas y películas de televisión, confesaba que mientras esperaba a que se anunciaran los premios de la televisión venezolana, se odiaba a sí mismo por su competitividad. Le recomendé que visualizara a su padre presentándole con un premio por ser «suficientemente bueno como hijo»… Se sonrió. Al día siguiente llegó con un nuevo libro que había comprado: La espiritualidad de la imperfección. —Excelente título, le comenté.
A medida que se acercaba el final, Carlos compartió su miedo a regresar a casa; las lágrimas corrían por sus mejillas: «Esto ha sido como un útero, y tengo miedo de que al regresar a la realidad vaya a dejar todos estos maravillosos sentimientos atrás». De alguna manera, yo tenía mis dudas. El último día estuvimos todos en la piscina, haciendo un ejercicio al que llamo ‘el nuevo bautismo’: estaban todos de pie formando un círculo y uno a uno se iban metiendo en el centro, declarando una nueva creencia sobre sí mismos. Después, se sumergían en el agua mientras los demás aplaudíamos. Cuando le tocó su turno, Carlos se colocó en el centro del círculo y, con una sonrisa chispeante, gritó: «¡Yo me bautizo con el pensamiento que dice: ‘De ahora en adelante yo soy mi propio modelo a seguir!’».
¡Sigue adelante, Carlos!

* * * * * * * * *
Tienes derecho a ser tú mismo. Éste es un derecho que te pertenece desde tu nacimiento, siendo el derecho más fundamental de todos los derechos humanos: el derecho a desarrollar un sentido saludable de uno mismo. Pero, ¿quieres ser tú mismo? ¿Para qué sirve un derecho humano si no lo reivindicas? En el caso de la autoestima, la vía hacia la auto-aceptación es el primer camino hacia el amor por uno mismo y hacia la maximización. Cuando le digo esto a la gente, a menudo no lo entienden. Piensan que la autocrítica conlleva el mejoramiento de uno mismo y que la auto-aceptación genera complacencia. Creen en el viejo mito de que la desaprobación, el juicio y el castigo de sí mismos es lo que forma el carácter y hace de ellos mejores personas.
Imagínate que dentro de tu mente existe un tribunal y que tú te encuentras permanentemente bajo juicio; ni siquiera existe un jurado: sólo el juez, el fiscal y un abogado defensor. Tanto el fiscal como el abogado defensor preparan sus casos, llaman a sus testigos, discuten. Mientras observas a estas personas lidiando con las mociones de justicia, te das cuenta de que todos estos personajes son una persona, y esa persona eres tú. Tú eres el actor que interpreta todos los papeles; y, ¿de qué trata este juicio? Tú estás bajo juicio por tu vida misma porque has asesinado a alguien: a ti mismo. De repente, tú, el verdadero tú, entra precipitadamente dentro de la sala penal y declara: «¿Qué hacen todas estas personas en mi mente? ¡Yo estoy vivo, no muerto! ¡En este mismo instante salen todos de aquí! ¡Se levanta la sesión!».

* * * * * * * * *
Una de las cosas más tristes de ver es un niño que se odia a sí mismo. Lisa tenía siete años y, según su madre soltera, parecía tener un problema de autoestima. Lisa solía despertarse a medianoche gritando: «¡Me odio! ¡Odio mi vida!». Cuando le pregunté por qué decía esas cosas, me contestó que en el colegio los demás niños se burlaban de ella.

—Entonces, ¡es a ellos a quienes odias, no a ti misma!
—No —lloraba—, a mí me gustan todos, es a mí a quien no soporto.
—Siento mucho que los niños sean tan crueles contigo.
—¿Por qué la tienen cogida conmigo todo el tiempo?
—Bueno, quizás es porque están celosos.
—¿Celosos de qué?
—Una cosa podría ser porque eres muy linda y muy inteligente.
—Ésas son dos cosas.
—¿Ves?, te dije que eras inteligente.

Se sonrió. Yo sabía que podía hacer que se sintiera mejor, pero lo que más deseaba es que ella se hiciera sentir mejor. Después de un rato me dijo: «A veces desearía estar muerta». Cuando le pregunté por qué, me contestó que realmente no lo sabía, simplemente tenía ese sentimiento. Le dije que si se muriera la iba a extrañar mucho y también otras muchas otras personas, hasta los niños que la molestaban.
Al terminar nuestro tiempo juntos, le sugerí que se diera a sí misma un gran abrazo e intentara ser su hermana mayor. Hizo lo que le pedí, acunándose y diciendo: «Está bien hermanita, vas a estar bien».
La compasión por uno mismo puede parecer complacencia, pero yo creo que es una actitud muy saludable. La mayoría de las personas tienen bastante compasión por los demás, pero cuando tienen que tenerla consigo mismas fallan miserablemente. Tú mereces tenerte compasión, sobre todo cuando estás pasando por malos momentos; es entonces cuando tienes que darte un respiro. Habla contigo mismo, abrázate, ofrécete un hombro sobre el que descansar. A veces yo mismo me miro al espejo y me digo: «Siento mucho que estés pasando por un día tan terrible». Normalmente, el tipo que está mirando me sonríe; me lo agradece.

* * * * * * * * *
De las últimas investigaciones en el campo del nacimiento y la psicología, especialmente los trabajos realizados por el Dr. Thomas Verny y el Dr. Bruce Lipton, se desprende que los niños, cuando se encuentran en el útero materno, son seres que están aprendiendo, creciendo y que toman decisiones. Por ello, si un niño es deseado por «una razón equivocada», por ejemplo, fue concebido para salvar el matrimonio, reemplazar una pérdida anterior o para llenar algún otro vacío de los padres, es probable que tenga problemas para aceptarse. Quizás ‘herede’ el vacío de la madre, que él sentía en el vientre, lo que le va a hacer sentir que nunca puede ser lo suficientemente bueno como para llenar a alguien, tampoco a sí mismo.
Menciono esto no para que las madres se sientan culpables o hiperconscientes de cada emoción que viven sino más bien para que estén más alerta y sean capaces de ofrecer a sus hijos la seguridad que ellos necesitan en caso de empezar la vida con dificultades. Lo que todos queremos es que nuestros hijos sepan que son deseados, bienvenidos y que son lo suficientemente buenos para sí mismos y para los que ellos aman.
La madre de Lisa supo que estaba embarazada cuando era una adolescente soltera y enamorada de un chico de la calle. La concepción de Lisa fue un acto de rebeldía contra los desaprobadores padres de su madre. Durante todo el embarazo estuvo latente el pensamiento de abortar. Es posible que el simple pensamiento de aborto durante el embarazo pudiera contribuir a la depresión de un niño hasta llevarlo a tener pensamientos de suicidio. De hecho, es muy posible que exista un vínculo directo entre el suicidio de los adolescentes y los bebés no deseados. Parece ser que la combinación de rechazo materno y complicaciones en el nacimiento puede incidir en el incremento de la violencia en los adolescentes, tanto contra ellos mismos como contra otros. Es como si la falta de certeza de la madre de tener a su hijo de alguna manera pudiera ocasionar tal incertidumbre en el hijo.
Algunas circunstancias resultaban desfavorables para Lisa pero, al mismo tiempo, estaba rodeada de una gran familia amorosa, y yo confiaba en que, después de un tiempo, no sólo llegase a quererse sino también a disfrutar de su vida. Sin embargo, no todos los niños no deseados son tan afortunados como Lisa.

* * * * * * * * *
Un día fui de visita a la clase de mi nieta Ariana. Había veintidós niños de nueve años escuchándome hablar sobre autoestima. Les dije que había oído que en su colegio había un juego que se llamaba «píllame siendo bueno». Si un niño hacía un acto de buena voluntad, como por ejemplo ayudar a una anciana a cruzar la calle, recoger el libro que se le cayó a alguien o mantener la puerta abierta para que pase un/a profesor/a, otro estudiante lo comunica y entonces el director del colegio lo llamaba a su oficina, así como a sus padres, para informarles de que a su hijo lo habían «pillado haciendo algo bueno». También se le notificaba al periódico local. El niño recibía un premio, se le hacía una fotografía y se publicaba en el periódico, convirtiéndose así en una especie de héroe local.
Les pregunté a los niños si les gustaba este juego. Todos contestaron que era estupendo. Al preguntarles por qué, dijeron que les gustaba recibir reconocimiento, atención y premios. Después les hice la siguiente pregunta: «¿Cómo te sentirías si hicieras algo realmente bueno y nadie se diera cuenta ni dieran parte de ello?». Hubo un largo silencio y después Ariana levantó su mano, a lo que afirmé con un movimiento de cabeza: «Yo me sentiría igualmente bien porque sabría que hice algo realmente bueno», contestó. Le sonreí sabiendo que ella iba por buen camino, hacia un sentido saludable de sí misma.
Es terriblemente tentador elogiar y recompensar a nuestros hijos cuando logran algo importante. Sin embargo, antes de llenarlo de elogios, a largo plazo es mucho más valioso si le preguntas cómo se siente con ese logro. Un niño que es capaz de reconocerse a sí mismo está desarrollando un conocimiento interno que permanecerá con él/ella toda su vida. Aunque es cierto que un elogio vale más que una desaprobación, el elogio en sí mismo no significa que el niño vaya a tener la capacidad de aceptarse y reconocerse a sí mismo.
Cuando les pregunto a los niños por qué es tan importante la autoestima, la mayoría contesta que la autoestima ayuda a tener más éxito en la vida. Sin embargo, algunos dijeron que la autoestima es importante porque, al tenerla, aun en tiempos difíciles puedes saber que eres una buena persona. ¡Cuán sabios pueden ser los niños! Cuando tienes algún fracaso y tu autoestima es baja, la experiencia puede ser devastadora y puedes quedarte ahí lamentándote durante años. Por el contrario, cuando tienes problemas y recuerdas tu autoestima, puedes recuperarte más rápidamente y, además, te ayuda a no darles demasiada importancia.
Puedes aceptarte, reconocer tus problemas y buscar las soluciones.
El aceptarte no significa que no desees mejorar. El derecho a ser tú mismo está basado, en parte, en el deseo natural que tienes de mejorarte y darte cuenta de tu pleno potencial. Tienes una inclinación innata para expresar tu ilimitado ser. ¡Sigue adelante!, y cuando te tambalees, es que ha llegado el momento de observar sobre lo que tropezaste, pues indudablemente se trata de un regalo o una lección en la que debes profundizar. Necesitas aprender de tus lecciones, tu karma, la reacción que el universo está reflejando generosamente de vuelta hacia ti. Cuando no aprendes tu lección la primera vez, con mucho cariño el universo te permite tener una segunda oportunidad.
Lo que te resulta difícil aceptar de ti mismo se engloba, en general, en estas dos categorías: la primera se refiere a lo que no te has perdonado, y la segunda es lo que tienes que cambiar. Algunas cosas, como ser más inteligente, guapo o talentoso, simplemente necesitan del perdón a uno mismo. De hecho, estas cualidades no son problemas, son dones; el único problema es tu culpa, que te retiene. Así que, por favor, perdónate por tu grandeza y sigue adelante.
Otras cosas… bueno, quizás requieran de la auto-superación. No es suficiente simplemente con perdonarte por desacreditar a alguien, robar o atacar violentamente a alguien. Necesitas hacer algunas enmiendas, y es de humilde admitir la necesidad de pedir disculpas a otro ser humano. A veces, decir «¡lo siento!» es la más pragmática y espiritualmente sabia decisión que puedes tomar. Por supuesto que al mismo tiempo es bueno que te perdones por tu pobre comportamiento. La combinación de perdón a uno mismo y pedir disculpas a la otra persona te devuelve al estado de gracia e inocencia.
Todas las grandes religiones nos enseñan la auto-aceptación. El precepto «Ama a tu prójimo como a ti mismo» está basado en la premisa de amarnos a nosotros mismos. Ni Abraham ni Jesús ni Mahoma ni Buda dijeron nunca «Ama a tu prójimo y ódiate a ti mismo».

* * * * * * * * *
Chastity fue clienta mía en los 80 y, después de muchos años, regresó en busca de ayuda para un problema concreto. Había escrito una obra de teatro sobre su padre, pero su profesor de dramática le reclamaba la mitad de los derechos. Había sufrido abuso por parte de su padre, y ahora estaba repitiendo el mismo patrón con el profesor, quien afirmaba que iba a hacer todo lo que estuviera en sus manos, que era mucho, para impedir la producción de la obra. Durante mi entrevista con Chastity, era evidente que, en parte, se sentía culpable por haber permitido que, al inicio de la puesta en escena de la obra, el nombre del profesor apareciera junto al suyo. Al igual que muchos niños que han sufrido abusos, ella buscaba las razones por las que estaba creando un trato tan injusto. Finalmente, le dije categóricamente: «¡Es posible que lo que realmente tengas que aprender es a defenderte!». La apoyé para que diera la cara por sí misma frente a este abuso profesional, se buscara un buen abogado, recordara todos sus recursos y sintiera su poder. Le sugerí que quizás esta lección era aún más importante que el destino de su obra. Aceptó mi consejo y comenzó a recopilar datos de otros estudiantes, mientras armaba la cruzada contra el abusivo profesor. Al cabo de unos meses me envió un e-mail en el que me decía que había ganado el caso y que su profesor había renunciado a todo derecho sobre su creación.

* * * * * * * * *
Defenderse es una importante señal en la ruta hacia la auto-aceptación. Saber que mereces defenderte es un importante paso en este camino. Al aprender a perdonar a quien te atacó, al mismo tiempo que te yergues defendiéndote, muestras el verdadero significado de «poner la otra mejilla»; es decir, no resignarte a recibir más abuso sino hacer que aquél que abusa de ti sepa lo inefectiva que es su conducta.
Así que, por favor, defiéndete tal como eres, con tus bendiciones y tus problemas. Acepta la maravilla de tu esencia, ésa que va más allá de toda apariencia. No existe recompensa para el auto-rechazo, y el castigo que te impones es un dolor sin beneficios. Sé que quieres alcanzar más en tu vida y sé que también quieres sentirte espiritualmente completo. Puedes lograr tu visión dorada sin atacarte por tus equivocaciones. Vas por buen camino; deténte, huele las rosas y reconoce que has llegado lejos. Disfruta del viaje, el futuro es desconocido y no hay nada que temer.
acepta quien eres. evita comparaciones. tú eres tú y sólo tú.
Después de un año, Carlos regresó. El primer día compartió con todos los participantes. De nuevo su sonrisa iluminaba la sala, pero sus palabras eran sombrías. Contó la historia de cuando vino a mi seminario hacía ya un año y cómo deseaba ser como Phil Jackson, el calmado entrenador de baloncesto, el Sr. Perfecto. Volvió a contar cómo había aprendido a aceptar sus propias imperfecciones y hasta a reírse de ellas. Sin embargo, al regresar a casa el proverbial excremento le explotó en la cara. Retomó su trabajo como director de telenovelas y se dio cuenta de que no tenía paciencia con aquella gente incompetente que le rodeaba. Cuando le hacían preguntas estúpidas les contestaba con brusquedad, y a los holgazanes que pretendían que él hiciera su trabajo les soltaba un exabrupto. Al final, se sentía más como Bobby Knight, el entrenador de mal carácter que lanzaba sillas, que como Phil Jackson, que actuaba como zen. No podía entender lo que le estaba ocurriendo.
Él estaba dispuesto a aceptar sus imperfecciones, pero, ¿qué pasaba con su falta de humanidad?
Durante el seminario, Carlos aclaró las razones reales por las que no podía competir con Phil Jackson por el título del «Mr. Cool».
Compartió con nosotros que se había sentido fuertemente atraído por una bellísima actriz que actuaba en la telenovela que él dirigía; la atracción era mutua. Nunca se lo contó a su esposa, por lo que se sintió atrapado entre su atracción y su secreto. Aunque no llegó a más en esa atracción, su culpa era enorme. La tensión en el trabajo se hizo insoportable, lo que le hacía atacar duramente a la gente.
Carlos se metió más profundamente dentro de sí hasta llegar a una escena en la que tenía doce años. Su madre lo había llevado de vacaciones con su amante. El muchacho estaba desolado, pero no podía decir nada ni a su madre ni a su padre. Se convirtió en el ‘guarda-secretos’ de la familia. La emoción del niño de doce años estaba viva y presente en el Carlos adulto. La novela de su infancia había hecho erupción en el escenario actual de su vida de adulto.
Al entender su pasado, Carlos fue capaz de perdonarse por sus emociones en conflicto y aceptó su confusión. Después regresó a casa e hizo las paces con su esposa.

* * * * * * * * *
Aceptarte significa abrazarte con toda tu confusión, complicación y complejidad. El simple acto de aceptación disuelve toda resistencia. Recuerdo que siendo niño teníamos un juguete que se llamaba esposas chinas. Pasabas los dedos de cada una de las manos por un tubo de papel flexible. Al estirar los dedos, el hueco se cerraba y no podías liberarte, y la única manera era aflojando la abertura. Así es contigo mismo: eso a lo que te resistes persiste; cuando te rindes, te liberas.
Da los pasos necesarios en el camino hacia el Punto de Auto-aceptación. Sin ellos, te vas a ver atascado en los caminos vecinales de la auto-negación, auto-desconfianza y auto-recarga, vagando por los estribos de tu completo potencial. Sin embargo, aun en las colinas de la desesperanza, no todo está perdido, pues la aceptación todavía te hace señas. Sólo con aceptar el hecho de que estás atrapado en tu propio rechazo, una vez más comienzas a aflojar las esposas chinas. La aceptación puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier situación, y cada vez que sucede, tu vida gira completamente. Al igual que un tren que entra en la sala de máquinas, tú entras en una dirección y sales de ella en una dirección totalmente nueva. Por lo tanto, la aceptación corrige tu desarrollo a mitad de camino.

La autoaceptación es el útero donde nace la autoestima

La trampa
La trampa en el camino de la auto-aceptación es la resignación. Si por error crees que el hecho de aceptarte implica que tu papel en la vida nunca va a cambiar, mejorar o transformarse, entonces estás malinterpretando el contexto de la auto-aceptación. Aceptarte es respetarte y tener compasión de ese ser que tú eres. Esto no significa que nunca más vas a hacerte una autocrítica. Por el contrario, debido a que honras quien eres, puedes valorar tu vida a la luz de una visión superior de ti mismo. En otras palabras, valoras aquello que en tu vida es incongruente con tu esencia. Es entonces que puedes comprometerte contigo mismo a cambiar tu comportamiento, no porque piensas que eres insignificante e inútil, sino por el contrario, porque te respetas y sabes que no estás viviendo a la altura de tu verdadera naturaleza. Por ejemplo: si fumas, bebes o de cualquier otra forma estás descuidando tu cuerpo, en lugar de condenarte y martirizarte, un día te despiertas y te dices: «Me amo demasiado como para abusar de mi cuerpo de esta manera». A partir de este despertar y de ese darte cuenta te comprometes contigo mismo a cambiar. De repente puedes hacer una ‘lista de integridades’. Escribe las principales categorías de tu vida que necesitan atención: tu cuerpo, la comunicación con otros, el dinero, tu casa y así sucesivamente. Revisa la lista periódicamente y observa las categorías que consideras incongruentes y piensa en los pasos que necesitas dar para regresar a tu integridad. Ten en cuenta que ser congruente contigo mismo es lo más importante en este momento. Puedes utilizar esta lista para apoyarte, pero ten cuidado de utilizarla para castigarte. Puedes tener un sistema de auto-corrección basado en el amor por ti mismo. Ya sabes que martirizarse y autocompadecerse nunca han motivado a nadie a mejorar. No obstante, el amor, incluyendo el amor por ti mismo, puede mover montañas, o al menos hacer que sus cimas sean más accesibles.
Precio:
18,25 €
Cantidad:
(Mínimo: 1Máximo: 5)
 
Volver
 
Búsqueda avanzada

Editorial OB STARE
Apdo. de Correos 122
38280  Tegueste 
S/C de Tenerife
Tel.: 922540513  Fax: 922546131