Ficha artículo

El Fin de la Enfermedad

ReferenciaISBN: 9788493525903
El Fin de la Enfermedad

ÍNDICE
- El despertar

- Tres historias

- Mi carta de navegación

- La nueva perspectiva

- El conocimiento, lo mismo que la fortuna, debe emplearse

- La sanación no ocurre en un abrir y cerrar de ojos

- Sanador entrañable

- Sanar es encontrar la integridad perdida

- La paradoja del progreso

- Salud planetaria

- Agentes nocivos

- Desechos que contaminan el agua, el aire y los alimentos

- Las vibraciones de baja frecuencia

- Estresores emocionales, muy tangibles

- Los pensamientos que nos agotan

- Equilibrio a prueba

- La vida es como un halo luminoso

- Comunicación vital

- Vibramos

- Una red energética en un cuerpo multidimensional

- Binomio función y estructura

- El cuerpo inteligente

- I. Sistema tegumentario: nuestra empaquetadura

- II. Sistema conectivo: la fascia, envoltura de cada órgano

- III. Sistema músculo–esquelético: estructura, movimiento y conexión              

- IV. Sistema circulatorio: transporte y perfusión

- V. Sistema respiratorio: oxígeno para la combustión interna

- VI. Sistema digestivo: reciclaje, almacenamiento, transformación y excreción               

- VII. Sistema excretor: disposición de los residuos, desintoxicación

- VIII. Sistema reproductor: perpetuación de la vida

- IX. Sistema nervioso: evaluación, relación, respuesta, regulación y conexión                   

- X. Sistema inmune: evaluación, reeducación, defensa, regulación y conexión                 

- XI. Sistema endocrino: regulación, balance, conexión

- Entonces los órganos se comunican

- Todo está intrincado

- El sanador entrañable responde a las demandas del medio ambiente                

- Inflamación y reparación

- Dolor y analgesia

- Salud y enfermedad

- Nuevas teorías, fruto de la curiosidad

- El lenguaje del cuerpo

- Reiki, otra forma de sanar

- Un camino para todos

- Fundador, Mikao Usui (1865–1926)

- Los preceptos del reiki

- Iniciación al reiki

- Seminarios de reiki

- Práctica de reiki

- El maestro

- Un sanador

- Conócete

- El sanador como aprendiz

- La alianza

- Llevar una vida rítmica

- Primum, nil nocere

- Anexos

- Anexo 1. Investigación y reiki

- Anexo 2. La nutrición, un pilar fundamental de la salud

- Bibliografía
 
CAPÍTULO 1
EL DESPERTAR
Tres historias

1.

El Maestro Tito  hablaba con fluidez ofreciendo explicaciones que el pudor de una mente científica ortodoxa rechazaría. Sólo un tímido rayo de luz veraniega entraba por la puerta semientornada de la habitación y su voz hacía eco en la penumbra. Al acudir a este otro tipo de “médico” yo transponía la medicina que aprendí en la Facultad. Pero me preguntaba, al fin y al cabo, ¿qué es ciencia? No sólo se hace ciencia por verificación experimental.

La consulta era para una pareja de amigos que buscaban solución para un problema de fertilidad, pensando que un posible tumor en la tiroides de ella era la causa de las dos “pérdidas” sucesivas que había tenido.

Las palabras que el sanador pronunciaba eran absurdas para mí. ¿Infertilidad causada por “frío en el útero”? Siempre estoy alerta contra los charlatanes pero también abierta a otras formas de explicar el funcionamiento del cuerpo humano. La figura de ese hombre de ojos y barbas negras que tenía frente a mí se me desdibujaba por instantes y percibía una luminosidad que lo rodeaba. Siempre que observo esto en otras personas juzgo que se trata de un fenómeno óptico que visualizamos cuando entramos en un estado meditativo. Aún dudo que no lo sea. Su aura era atípica: se expandía unos pocos centímetros alrededor del cuerpo, excepto por una especie de ala en el lado izquierdo que se extendía casi un metro.

El hombre, que se clamaba vidente, fue enfático en su diagnóstico. Mi amiga no tenía enfermedad alguna en la tiroides y su problema de fertilidad se solucionaría con unas “tomas” de hierbas, ejercicios y cambios en la nutrición de la pareja.

Mi amiga y su marido siguieron las indicaciones al pie de la letra y un año después el primer retoño de esta unión pataleaba lleno de energías.

 

2.

El Maestro Elías estaba junto al caballete, en el frente del salón, hablando de cosas que a mi hija y a mí nos sonaban a chiste o a disparate. A pesar de no haber pasado de los cuarenta años le colgaban unas hermosas barbas grises de patriarca y tenía el cabello largo y ondulado del mismo tono plateado. Su sonrisa atrayente y sus palabras intensas capturaron mi atención a pesar del aparente sinsentido de algunas de sus frases.

Se había graduado en una reconocida facultad de medicina del país pero llevaba varios años dedicado a ese otro camino que llamaba “Medicina universal”. Su discurso tenía tal coherencia interna que sólo podía cuestionarse desde adentro del propio paradigma que lo enmarcaba.

“Soy un ángel mensajero”, decía. “Hay tres tipos de medicina. La de los abismos, que invade, intoxica, amputa y destruye; la terrenal, que se extravió al agregar alcohol como preservativo de los principios energéticos en que está basada; y la celestial, que vengo a revelarles y que respeta el cuerpo y su poder autocurativo”.

Esa primera charla me intrigó lo suficiente como para quedarme a cenar con él, pero no supe cómo formular las preguntas que me inquietaban. Cenamos en el comedor vegetariano anexo a la sede de su escuela de sabiduría, a donde personas procedentes de todas las vertientes de la vida acudían a escuchar lo que allí se predicaba. Varios de ellos eran pacientes del Maestro.

La escuela quería crear una academia de medicina alternativa y el Maestro buscaba profesores de ciencias básicas. Por eso estaba allí, cautivada por la invitación a ser parte de aquel proyecto novedoso y atraída por gestos bondadosos y frases respetuosas.

Una de las muchachas que pertenecían al grupo juvenil que yo asesoraba por ese entonces rondaba por la escuela y se convirtió en el puente que me hizo regresar. Ella quería invitar a los otros jóvenes a escuchar al Maestro y yo quería saber qué tenía él para decirles a “mis” jóvenes. Con todas las noticias sobre sectas embaucadoras en las noticias era mi responsabilidad saberlo primero, o así lo sentía.

La escuela organizó un paseo al jardín botánico al que asistieron algunos de los muchachos. Yo llegué más tarde. En el prado verde, a la sombra de las inmensas ceibas, el Maestro daba su versión de la creación del mundo, una mezcla de mitología china confuciana, budista y taoísta. Los jóvenes escuchaban y dejaban a medio digerir, desplegaban un tris de cinismo, cuestionaban. El maestro tuvo respuestas para todo, ninguna pregunta lo amilanó.

De regreso en mi automóvil, le pedí que me hiciera una fórmula de esas hierbas que tanto éxito tenían con sus pacientes. Así, de colega a colega, sin necesidad de más. Mi salud no era la mejor, le dije. Respiró aliviado. Había notado mi baja energía, respondió, pero tenía que dejarme a mí la decisión de buscar ayuda. Quiso que fuera a su consulta.

El concepto de sanación por imposición de manos era para mí nuevo y ajeno. No conocía a nadie que la hubiera experimentado. Me parecía que las personas que consultaban con el Maestro y relataban significativas mejorías de sus síntomas, estaban gozando los beneficios de sus prescripciones no farmacológicas. Mi mentalidad de médica ortodoxa predominaba. ¿Acudía a él por simple novelería o porque mi alma necesitaba saber y ser capaz de creer en lo intangible?

En el patio trasero de la escuela, a la sombra de un árbol de mango, el Maestro me hizo permanecer de pie con las manos en posición de oración. Cerré a indicación suya los ojos y sentí sus manos a una corta distancia de mi cuerpo. Me pareció oírlo murmurar. Minutos después abrí los ojos y me explicó que había hecho una imposición de manos. Fruncí los hombros imperceptiblemente, como diciendo, “nada del otro mundo”. Después hizo una lectura por radiestesia, utilizando un péndulo de cuarzo rosado, y sus dotes clarividentes.

Escuchar su evaluación de mi cuerpo fue alarmante. La energía estaba muy baja en todos los órganos, exceptuando el riñón. “Ahora, vamos a mirar como está el sistema nervioso”, dijo y jaló el hilo de nylon para tensarlo y detener su movimiento, y se concentró. A los pocos segundos el cristal comenzó a trazar pequeños círculos sobre mi palma y se detuvo rápidamente. Y así, órgano por órgano. Aún no le había confesado mi adicción al cigarrillo pero mis pulmones casi no pasan el examen, el péndulo a duras penas se movía. Él no hizo comentarios. Pero al final, como vio que yo tenía millones de inquietudes, me mostró la oscilación del péndulo sobre su propio muslo. El cristal se aceleró y trazó círculos de unos quince centímetros de diámetro.

Miré el reloj y me afané. Tenía una reunión en la universidad. Quedé en volver en la tarde por la fórmula. Tomó unas cuantas notas en un papel y nos despedimos.

Mi dieta era bien pobre en esos meses. Me sentía agotada todo el tiempo, me dolía con frecuencia la cabeza y la digestión era un desastre. Algunas latas de arveja, dizque para que no faltaran los vegetales, pan (eso sí, integral) y, de vez en cuando, un banano o cereal de caja. Todo complementado con mucho café negro y humo: cigarrillos antes y después de las comidas, antes de irme a dormir y al despertarme, después de la ducha, mientras estaba al teléfono. Los únicos momentos en que no fumaba eran cuando dictaba clase o en una reunión a puerta cerrada. Y todavía tenía el descaro de preguntarme por qué mi cuerpo no funcionaba bien.

Después de almorzar abrí por rutina mi bolso y al encontrar los cigarrillos me di cuenta con extrañeza de que no había fumado en toda la mañana. Pero no le di mayor importancia, había estado muy ocupada. Hacia las cinco de la tarde me telefoneó la amiga médica que me presentó al Maestro: “¿Cómo te fue en la consulta?” Al oírla caí en la cuenta de que no había fumado en toda la tarde y ni siquiera tenía ganas de fumar.

Cuando regresé por la fórmula, el Maestro me interrogó:

– ¿Cómo se siente? ¿Qué ha pensado?

Mis respuestas fueron condescendientes. ¿Cómo iba a sentirme? ¿Por qué habría de haber pensado algo en particular? Ni siquiera había recibido su prescripción. Ningún cambio sucedería sin la intervención de algún producto químico. Mi mentalidad de médica occidental se imponía otra vez. Pero la tercera pregunta me dejó en suspenso. “Y, ¿el cigarrillo?” Bien, era posible que mi amiga le contara que no había fumado en todo el día, pero confirmé que no habían hablado. Entonces el Maestro me dio explicaciones metafísicas que apenas si quería escuchar. Que era un ángel que vino a hacer este milagro. Que yo tenía que estar saludable para cumplir mi misión, y se refería a nuestro recién iniciado proyecto de educación alternativa. Con algo de impaciencia solicité mi fórmula y escuché sus recomendaciones. Acepté ensayar una dieta vegetariana y alcalinizadora durante tres meses. Han transcurrido quince años desde entonces y no sólo nunca he vuelto a sentir deseos de fumar sino que aún sigo la dieta que trasformó radicalmente mi cuerpo y mi salud.

¿Cómo se borra de repente la memoria del fumador que ha sido dominado por el vicio durante veinticinco años? ¿Cómo se deja una adicción sin pasar por la terrible ansiedad de la abstinencia que ya me había hecho regresar al cigarrillo en otras ocasiones? Mi mente inquisitiva se rebeló. Busqué las respuestas en el mismo Maestro pero quedé atrapada en la sin-salida de su sistema de creencias.

¿Podía yo misma aprender a hacer por otros lo que él había hecho conmigo? Desde luego, me contestó. ¿El requisito? Ser perfecta. ¡Ja! Su respuesta desbancó mi interés por el momento.

No estaba preparada ni dispuesta para el tipo de reto que él proponía. ¿Quién es perfecto? Aprendí los ejercicios que hacía el grupo al que pertenecía el Maestro y mi cuerpo se fortaleció. Me alimenté como ellos y mi cuerpo se fortaleció. Pero no encontraba con ellos la vida espiritual que buscaba. Como aprendiz impenitente me interesaba explorar otros horizontes.

Un par de semanas después de la consulta, el Maestro me hizo llegar un frasquito de esencias florales de Bach (Don Diego y Árnica) que dio fin a la ansiedad residual que aún se manifestaba después de las comidas. Quise saber qué eran estas esencias y tropecé con los principios de la homeopatía. ¿Principio energético de la planta contenido en el agua? Se resquebrajaba aún más mi propio paradigma.

Todos hablaban de mi rejuvenecimiento. Me ejercitaba a diario. Me sentía energizada y empezaba a encontrarme dentro de mí misma, en lugares donde la serenidad no había entrado antes.

Visité librerías y bibliotecas y me sumergí en ese otro mundo que nunca había explorado más allá de la superficie, el de la medicina energética.

 

3.

He escuchado en numerosas ocasiones que el maestro aparece cuando uno lo necesita. Creo que maestros somos todos los unos de los otros y que a la larga encontramos un maestro interior. Mi hija ha sido mi gran maestra en un sinnúmero de materias, por ejemplo. Pero en el caso concreto del reiki, las maestras han aparecido no sólo cuando las he necesitado sino cuando las circunstancias son favorables para aprender de ellas. Así apareció mi maestra María, un año después de comenzar mi proceso de sanación, y tomé la decisión de iniciarme al reiki con ella.

La conocí en el restaurante vegetariano del centro de Cartagena donde siempre olía a buena comida casera. Me presentaron a una mujer delgadita de ojos muy expresivos y cabellos larguísimos, ondulados. María Adelina Sastre. Española. Maestra de reiki. No sabía qué era eso, ni siquiera lo había oído nombrar. Ella vivía en la ciudad desde hacía poco tiempo y estaba organizando una charla informativa para el día siguiente.

El viernes en la noche estuve allí, entre desconocidos. Como siempre, fui la más curiosa y me olvidé del poder intimidante de mis preguntas. María era una maestra con notable carisma, sencillez y serenidad. Explicó que reiki era la conjunción de dos vocablos japoneses, Rei que significa energía universal y Ki que se refiere a la energía que anima nuestros cuerpos. Cuando Rei y Ki fluyen en armonía, nuestra salud física, mental y espiritual es óptima.

Antes de decidirme a tomar el curso con ella me entrevisté con una pariente médica que practicaba reiki. Quería información. Ella sabía que una sesión es más poderosa que las explicaciones. Yo tenía exageradas expectativas basadas en lo que conocí sobre la “Medicina universal” que practicaba el Maestro. Aprendí que en el reiki no se hacen diagnósticos y no se dirige la energía.

A los pocos minutos de comenzada la sesión de reiki mi cuerpo se sobresaltó y entré en una profunda relajación. Y eso es todo. Nada de lo extraordinario que esperaba había sucedido. Mi curiosidad seguía casi intacta pero de nuevo había sentido el efecto de algo que no podía explicar. Quería saber más.

Tomé el curso de primer nivel con María. Me dejé iniciar en el reiki durante un fin de semana, en una pequeña habitación al fondo de una agitada peluquería, olorosa a incienso y aceites, en un ambiente de música relajante. Sólo asistimos dos estudiantes.

Durante los breves momentos que duró la primera de las cuatro iniciaciones, sentada junto a la ventana para recibir los símbolos que serían inscritos en mi aura, mi cuerpo se llenó de luz y se hizo tan liviano que me parecía que iba a levitar. Experimenté una gran alegría y una enorme paz.

Era un nuevo comienzo. Ni mi vida ni mi visión del cuerpo humano, de la salud o la enfermedad volverían ya a ser los mismos.



[1] Todos los nombres han sido cambiados para respetar la privacidad de estas personas.

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